Mas sobre juguetes sexistas

25 dic 2008

Mujer y poder (II)

Los juguetes sexistas, como las muñecas, operan como anticipación de la maternidad en las niñas pequeñas. El “autito” con el que se beneficia el varón, no puede ser desligado del valor de manejar y de la autonomía. Y el manejo implica, como bien lo sabemos, mando.



Nación Domingo

En cierto sentido resulta alucinante que una de las aspiraciones de las mujeres (desde hace más de un siglo) sea conseguir la igualdad social. La extensión temporal y la forma de esta demanda muestran la dimensión de una segregación humana que, en el estadio cultural que experimentan las sociedades modernas, no tiene ninguna justificación objetiva.

O la tiene. La única justificación posible se conecta con prácticas de dominación que sólo pueden ser entendidas bajo el prisma de una violencia ejercida de manera prolongada y sistemática. La diferencia sexual se transformó en sede de todo tipo de discursos que se abocaron a promover estereotipos que apuntaban a la inferioridad y al control de la mujer. Y más aún, desde incontables y hasta difusos lugares, el conjunto social inocula roles y presagia el destino de los cuerpos. Los juguetes sexistas, como las muñecas, aparentemente “naturales”, operan como anticipación de la maternidad en las niñas pequeñas. Muñecas que deben ser cuidadas, peinadas, acicaladas y que, en el plano simbólico, representan las guaguas que se les regalan a las guaguas para su adiestramiento y la fijación prematura pero decisiva de un rol fundamental: la maternidad.

Los juguetes carecen de toda inocencia, son tecnologías que indican gestiones y posiciones sociales. El “autito” con el que se beneficia el varón, no puede ser desligado del valor de manejar y de la autonomía. Y el manejo implica, como bien lo sabemos, mando. Ambos juguetes –la muñeca y el auto– no son intercambiables. Son definitivos, sexuados, elocuentes.

El juego que indica el juguete alude al lugar social, señala especialmente la imposición hacia un aprendizaje, una pedagogía pública y publicitaria con la que se organiza un adentro y un afuera, lo público y lo privado. Son puntuaciones, leyes, órdenes que circulan de manera incesante, que se renuevan y se repiensan para indicar una misma metáfora: que no todos los juguetes se comparten. De la misma manera que no se va a compartir igualitariamente todo el espacio social.

Entonces, la búsqueda de la igualdad pasa por rearticular prácticas sociales concretas y de orden simbólico. Desde luego, la reciente paridad en los cargos públicos a la que apeló la Presidenta Michelle Bachelet no basta para articular un nuevo pacto entre los sexos, aunque, claro, es un gesto simbólico que puede ser entendido como revolucionario en el marco de la desigualdad más dura y persistente de toda la historia social, como es la que existe entre hombres y mujeres.

Y, desde luego, esta búsqueda de igualdad no significa que las mujeres sean mejores o que no estén expuestas a la crítica, sólo que una superficie social democratizada permitiría constatar que tanto hombres como mujeres pueden sostener posiciones sujetas a escrutinio y hasta controversias.

En suma, ser mujer no garantiza un mayor o un mejor desempeño, sólo que ser hombre tampoco lo garantiza. El punto es cómo habitar o, más bien, cómo cohabitar en un marco menos asfixiante que libere ese remanente de violencia que obstaculiza la concreción de un transcurso social verdaderamente democrático.


(LA NACIÓN)

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