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NUEVA PILDORA DEL DÍA DESPUÉS

26 ene 2010

Meloxicam es probado con éxito como anticonceptivo de emergencia
Por Carlos González Isla / La Nación

Fármaco utilizado comúnmente por las personas que padecen artritis tiene el mismo efecto que la controvertida píldora del día después, pese a que no contiene levonorgestrel 0,75. El meloxicam es más económico y se consigue sin receta médica.
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El Meloxicam, antiinflamatorio que se vende sin receta médica, funcionó con éxito como anticonceptivo de emergencia en dosis de 30 mg ingeridas durante los seis días siguientes a una relación sexual insegura. A esta conclusión arribó el año pasado el doctor Horacio Croxatto junto a los investigadores Cristián Jesam y Ana María Salvatierra, del Instituto Chileno de Medicina Reproductiva (Icmer), además de Jill L. Schwartz, de la Eastern Virginia Medical School de EEUU.

“El meloxicam es una droga que se utiliza para el tratamiento de la artritis y la toman todos los viejitos y viejitas que tienen dolores en las articulaciones. Es un antiinflamatorio, pero descubrimos que esta droga inhibe la ovulación. Se puede usar como anticonceptivo de emergencia tomando 30 mg diarios durante seis días seguidos después de la relación sexual”, explicó Croxatto a La Nación.

Este fármaco puede llegar a costar cerca de $3.500 en farmacias, pero sigue siendo más barato que la píldora, cuyo valor puede variar entre los $6.000 y $11.000.

PRUEBA EN 22 MUJERES

La relevancia del estudio es que el meloxicam no contiene levonorgestrel 0,75, que es la base de la píldora del día después, sino que puede lograr un efecto análogo gracias a que inhibe el efecto de la enzima conocida como COX2, que es la encargada de romper el folículo que transporta al óvulo que luego será fecundado.

El estudio se realizó entre 2007 y 2009 en 22 mujeres chilenas, cuyas edades fluctuaban entre 18 y 40 años. Los resultados fueron aceptados en octubre del año pasado por la revista científica británica Human Reproduction, y serán publicados en su edición papel del mes de febrero.

Junto al estudio de Croxatto se incluirá otro en que el meloxicam también se probó con éxito en primates, por parte de otros investigadores de la Eastern Virginia Medical School y la Fundación Conrad de EEUU.

Consultado por los efectos secundarios, el científico de la Facultad de Química y Biología de la Universidad de Santiago de Chile recordó que todas las drogas generan algún tipo de molestia y ésta no es la excepción y se expresa en desarreglos estomacales, dolor de cabeza, mareos, fatiga y náuseas.

Fuente: La Nación.cl

Por Yazmina Bastías Chávez


Con la presencia de alrededor de quince representantes de diversas organizaciones de mujeres y feministas de la ciudad de Concepción, se realizó el Seminario: “Aborto terapéutico desde una perspectiva biomédica”.


Alrededor de las 10:30hrs, el recién pasado sábado 22 de agosto, se realizó en dependencias del Instituto Mujeres del Sur de Concepción, el seminario sobre aborto terapéutico “Aborto terapéutico desde una perspectiva biomédica”, el cual reunió aproximadamente a representantes de organizaciones de mujeres y feministas de la ciudad de Concepción. Esta actividad contó con el patrocinio de la Red de Salud de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe (RSMLAC) y la Asociación Chilena para la Protección de la Familia (APROFA).


La apertura al seminario fue realizada por la facilitadora de Proyecto SAAF en Concepción e integrante de Feministas Biobio Ángela Neira, quien presentó a los panelistas: el médico Juan Antonio Bocaz y el psicólogo Jorge Pantoja Álvarez quienes acompañados de Maritza Vergara, representante de RSMLAC y Proyecto SAAF en Chile, dieron paso al abordaje de temáticas como la postura del colegio médico frente al aborto terapéutico, argumentos sobre por qué es se considera terapéutico, la necesidad de reforzar programas de anticoncepción propiamente tal por sobre la anticoncepción de emergencia y finalmente, tocando el tema de derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos.


Entre cada exposición hubo espacio para las asistentas de opinar y aportar desde la experiencia sobre la temática, siendo un momento enriquecedor y que dejó ver el alto interés de seguir trabajando en pos de hacer valer nuestros derechos sexuales y reproductivos y resaltando que es una temática de todo un país, considerando la integración no sólo de más mujeres sino también de los hombres chilenos.

El correo del dinero: Aborto a luca - THE CLINIC

13 ago 2009


The Clinic, se refiere a través de esta imagen sobre una de las manera de difusión que la Red Salud Mujeres Chile, tiene para dar a conocer el número que permite obtener información sobre como se realiza un aborto con medicamentos, llamado también aborto médico. El medicamento al cual se refiere la información (obtenida desde la OMS) es el misoprostol, utilizado generalmente en la obtetricia.

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Horacio Croxatto y la píldora del día después-entrevista

6 sept 2008

Lleva 50 años investigando la reproducción y la fertilidad. Ha pasado la vida en el laboratorio y es una eminencia mundial en anticoncepción. Desde esta tribuna defiende la libre venta de la píldora del día después y el derecho a disfrutar la vida en vez de torturarse con lo que considera una moral ultraconservadora.
Por Marcela Fuentealba Producción: Inés Picchetti Fotografía: Rodrigo Chodil.
El doctor Horacio Croxatto, firme defensor de la píldora del día después y uno de los inventores del implante subcutáneo que hoy usan millones de mujeres como método anticonceptivo, fue criado en una familia donde no se hablaba de sexo.
“El día que fui a donde mi padre, Héctor Croxatto, quien también es médico, a hablarle del tema, me dio unas píldoras para inhibir el deseo. Eso fue todo. Me educaron en los Padres Franceses y me enseñaron que el sexo era feo, sucio y malo. Indeseable. Si me masturbaba era un pecado mortal, me iría al infierno. Imagínese que a los 15 yo creía que solamente los hombres teníamos deseos sexuales, y las mujeres no. Mi educación en este tema fue atroz. Felizmente eso ha cambiado y seguirá cambiando, pero a la velocidad que va, vamos muy mal”.
¿A qué se refiere?
La revolución en la educación tiene que cortar este círculo vicioso maldito en que los padres no saben nada de sexualidad, salvo anécdotas de su experiencia personal, y no tienen nada que decir o tienen miedo de hablar del tema con sus hijos. Lo mismo pasa con los profesores. Se repite de generación en generación. No hay formación en sexualidad.
¿Cómo le iba a usted de joven?
Mucho años después de casado fui descubriendo otra interpretación de la sexualidad, sana, mucho más acorde con nuestra vocación de disfrutar la vida. No tiene sentido esa tortura que me enseñaron cuando estuve de joven un tiempo en el Opus Dei. Es insana e inútil. No conduce a ningún crecimiento espiritual. Ahora tengo muy claro que la vida es para disfrutarla y no para torturarse. En su oficina del Instituto Chileno de Medicina Reproductiva (Icmer), en el centro de Santiago, Horacio Croxatto habla y explica serio, pausado, con voz profunda.
Al frente, en la misma calle Lastarria, está el consultorio de Icmer. Por un bono Fonasa de unos tres mil pesos, cualquier mujer se puede atender con un ginecólogo; incluso gratis si tiene pocos recursos o participa en alguno de los estudios del Instituto, que se inspira, al decir de Croxatto, en la necesidad de contar con medios que permitan a las personas reemplazar “todos los hijos que Dios quiera darles por todos los que responsablemente quiera y pueda tener”. Es un equipo multidisciplinario donde trabajan unas cuarenta personas que difunden y aplican la anticoncepción. En el consultorio también hacen exámenes y venden anticonceptivos a precio módico, incluida la píldora del día después: sólo hay que pedirla (la entregan o venden por unos $ 4 mil, según la situación económica de quien la solicite) y se recibe los consejos de una matrona o doctor. Croxatto ya dio por demostrado que la famosa píldora no es abortiva y entregó contundentes pruebas, aunque esto no ha aplacado la controversia nacional. Es una autoridad mundial en el tema.
En los 60 trabajó en universidades de Estados Unidos donde almorzaba al lado de premios Nobel. En Chile, desde 1954 hasta 2006, estudió e investigó en la Universidad Católica, donde lidió con el prejuicio conservador. En los 80 logró que un ministro, después de que se lo negara Mónica Madariaga, le diera personalidad jurídica a Icmer, que fundó junto a varios doctores, de los cuales Soledad Díaz y Fernando Zegers aún son miembros del directorio. Siguió trabajando paralelamente en su alma máter como profesor titular, hasta que en 1998 el Vaticano presionó para que le quitaran la cátedra: había escrito una carta contra un proyecto de ley que aumentaba las penas para la mujer que abortaba. Pero siguió hasta fines de 2006 como investigador asociado, escondido en su laboratorio, porque sus investigaciones ya estaban financiadas. Hoy, después de casi 50 años de trabajo, es profesor honorario de la Universidad de Chile, profesor titular de la Usach y está dedicado a Icmer: no logra retirarse de la investigación. PAN Y PÍLDORA Usted empezó a trabajar en anticonceptivos en los años 60,
¿fue una revolución?
Sin ninguna duda, ya lo había anticipado Sigmund Freud: si llegase a ser posible disociar la relación sexual de la función reproductiva, sería revolucionario. En estos momentos, más de la mitad de las mujeres en edad fértil del mundo usan anticonceptivos, lo cual es casi tan cotidiano como el consumo de pan.
¿Cómo empezó a investigar?
De estudiante me interesé por la endocrinología, especialmente entender cómo el cerebro controla al ovario. Me conseguí una beca en el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos para trabajar en la Universidad de California con un investigador cuyas publicaciones había estado leyendo por varios años. Allá me encontré con el doctor Sheldon Segal, quien me invitó a trabajar a la Universidad Rockefeller, en Nueva York. El año 66 por primera vez me interesé en los anticonceptivos, que eran muy nuevos. Años después se me ocurrió reemplazar la píldora que tomaba mi mujer todos los días por un depósito colocado en el cuerpo que liberara la hormona en forma permanente. Inventó el pelet, como le dicen, que es muy usado en el mundo. Uno inventa al unir cosas: había un material biocompatible (uno que se pone dentro del cuerpo y éste no lo reconoce como extraño, no lo expulsa) y hormonas que se podían difundir de a poquito durante un tiempo largo a través de ese material. Así la mujer se ahorra la preocupación de tomar la píldora todos los días.
¿Cómo explica que en 2008 siga la discusión de la píldora del día después?
En el tema de la píldora, la investigación es suficiente y está clarísimo que no es abortiva. Me da pena que no se venda en las farmacias. Eso es fruto de la ignorancia. Lo que pasó en Chile es que en el gobierno de Pinochet algunos grupos de derecha y movimientos religiosos muy conservadores adquirieron mucho poder. Lamentablemente, son fanáticos a la mala manera. Pueden estar convencidos de ciertos valores y manejar su conducta muy estrictamente de acuerdo a ellos. Lo que no está bien es que le impongan esos valores a toda la gente. Eso es una dictadura moral y es inaceptable.
¿Piensa que la píldora de emergencia debiera venderse sin receta?
La única razón de darla con receta es asegurarse de que la usuaria reciba información sobre su uso. Hoy la gente de menos recursos tiene más facilidad para conseguirla, porque el Servicio Nacional de Salud la provee. Pero los consultorios no funcionan sábado ni domingo, y eso puede ser crucial si la relación sexual fue un viernes en la noche. No consigues la píldora hasta el lunes, y si en esos días se produjo la ovulación, sonaste, porque la píldora ya no sirve. Sólo funciona cuando se toma antes de la ovulación e interfiere con la salida del óvulo desde el ovario. Por eso hay que usarla lo antes posible luego de la relación sexual.
¿O sea que no interviene en la implantación del embrión?
La píldora del día después no es ciento por ciento eficaz: por ejemplo, si tiene que prevenir 16 embarazos, sólo lo hace en 10 casos. Hay gente que todavía no incorpora eso a su razonamiento: si fuera ciento por ciento eficaz, necesariamente tendría que ser abortiva. La razón de que no previene todos los embarazos es porque sólo los previene cuando se toma antes de la ovulación. Cuando no hay embrión.
¿Y si lo hubiera?
La píldora no sirve para nada si el embrión ya se formó. En todo caso, antes de la implantación, el embrión es un puñado de células que tiene un tremendo potencial de desarrollo, pero no sabe que existe: no tiene conciencia de sí mismo, no es persona. Si usted le saca el brazo izquierdo a su cuerpo, y usted sigue sentada en la silla, el brazo izquierdo en el suelo.

Marcela Lagarde estuvo en Costa Rica. Las pocas personas que nos enteramos de su presencia en nuestro país y tuvimos oportunidad de compartir con ella algunos momentos, pudimos apreciar su aguda mirada, su enérgica postura y su rotunda propuesta de sororidad entre las mujeres.

Lagarde es doctora en Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y autora de varios libros e investigaciones sobre la condición de la mujer es reconocida en toda América Latina por sus posturas feministas y por su gran aporte teórico en Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas presas y locas, publicado por la UNAM en 1993.

La siguiente es una entrevista exclusiva brindada por ella en un rato libre entre los talleres que vino a ofrecer al Instituto de la Mujer, entidad que se trató de mantener a Marcela Lagarde casi en secreto para el resto de la población costarricense.

¿Qué dificultades enfrentan las mujeres jóvenes para ser líderes o para ejercer el liderazgo?

Lo que yo pienso de las dificultades de construir liderazgo desde las mujeres jóvenes es previo a los liderazgos. Tiene que ver con la dificultad de poner en primer lugar, en la conciencia, la identidad de género: ése es el problema.

Las mujeres jóvenes, en todos nuestros países, pasan por un período muy parecido. Algunas van al colegio, al trabajo; quienes están fuera de su casa pasan por un período de fortalecimiento de identidad juvenil, que es prioritaria a la identidad de género. Esta identidad juvenil es utilizada para asuntos de política o de encuentro entre las mujeres y la identidad de género queda relegada sólo a aspectos familiares o de amistad. Muchas veces no se trata de que las mujeres jóvenes no sepan que son mujeres; saben que son mujeres, pero eso no es suficiente para aliarse, para hacer cosas juntas más allá de ser amigas o parientas entre sí. En el horizonte cultural prevalece la identidad juvenil o la identidad estudiantil como si fuera neutra, como si no tuviera género. Entonces hay una convocatoria muy fuerte hacia las mujeres para hacer cosas, participar, actuar, sin importar su condición de mujer. Como si fuera posible estar ahí agenéricamente haciendo acciones de política, movimiento, participación. Las mujeres jóvenes, como todas las mujeres, son convocadas a no poner en primer término su identidad de género, sino a actuar como si eso no tuviera una importancia política, social, para la acción, para el encuentro. Hablar de liderazgos de las mujeres jóvenes requiere identificar este problema.
Sin embargo, sí hay liderazgos de mujeres jóvenes.

Sí, aún en minoría o en desigualdad logran moverse en los movimientos sociales, en las organizaciones estudiantiles, en las organizaciones laborales por su vocación, su eficiencia, su capacidad en lo que sea. Logran establecer algunos liderazgos reconocidos siempre que no lideren a favor de la causa de las mujeres. Esa es la condición de participación y sigue siendo una condición de participación para las jóvenes, para las adultas y las viejitas.

El reto nuestro es eso: legitimar nuestra identidad de género como una dimensión que justifica nuestra participación política y luego politizar la identidad de género para que podamos establecer liderazgos a favor de la causa de las mujeres.

La mayor parte de los liderazgos de mujeres jóvenes en América Latina son, por ejemplo, las precaristas en el movimiento precarista, las estudiantes en el movimiento estudiantil, pero con reivindicaciones y acciones generales que no pasan por el género. Es más, no debe permear el género. Es una prohibición.

Las mujeres debemos redimensionar políticamente nuestra identidad de género. También está la posibilidad de ser lideresas en otros campos simbólicos y culturales muy tradicionales de género. Por ejemplo, muchas mujeres jóvenes pueden ejercer liderazgos estéticos (y son convocadas a liderar estéticamente) pero no de manera personal, sino a convertirse en estereotipos estéticos. Y ahí ejercen liderazgo, un liderazgo cultural muy importante; son convocadas las mujeres porque es algo que el sistema sí acepta y además exige. Es parte de la opresión de género en las mujeres. Se exalta y se valora a las mujeres sólo a través de una cosificación estética o erótica. Ahí sí se reconocen liderazgos, se hacen concursos y competencias y se lidera despersonalizadamente; te cosificas porque el cuerpo queda despojado, no eres una persona, eres un estereotipo. Y esos son lo liderazgos permitidos a las mujeres. Es un tipo de liderazgo.
¿Qué significa ser "mujer joven"?

La juventud, para las mujeres, es una etapa muy compleja de vida, porque hay muchas convocatorias, tradicionales y modernas, todas al mismo tiempo. Hay convocatorias que valoran mucho más a las mujeres; por ejemplo, la estética es una. Entonces, muchas mujeres jóvenes están muy escindidas entre tener y querer ser bellas y entre tener y querer ser inteligentes, capaces académicamente o laboralmente. Pero el reconocimiento social es siempre muy tradicional.

Las mujeres jóvenes enfrentan una doble dificultad que no solo es de género; es general, porque se complica en esa edad. Es muy interesante, porque lo mismo que es exaltado y valorado positivamente por la sociedad, la juventud como valor intrínseco se convierte en un deber ser. Entonces, debe ser joven eterna y debe manejar su juventud como un atributo de valor. Y debe manejar sus atributos reconocidos como un recurso de valor, sin pretender algo más. Por otro lado, está la carga enorme de las jóvenes: la inferiorización por ser jóvenes. Por un lado, es supervalorada la juventud en el género femenino, pero al mismo tiempo inferiorizadas porque no tienen autoridad, no tienen legitimidad, no tienen reconocimiento en la toma de decisiones y no tienen reconocimiento en sus habilidades. Son desmerecidas por la gente adulta, mujeres y hombres, por la sociedad y sus instituciones. Ahí también es paradójico y ambivalente el manejo de los valores atribuidos a ser joven y a no ser joven. Las mujeres jóvenes modernas tienen mecanismos de cierta independencia familiar; por ejemplo, si son estudiantes pueden tener horas independientes, relaciones independientes, actividades independientes, que lleva a una cierta fantasía de libertad.

Otro nivel que marca mucho a las mujeres jóvenes es que el reconocimiento depende mucho de los hombres. En todas las mujeres hay una búsqueda de reconocimiento muy tradicional en los hombres, pero en las edades jóvenes es muy compleja porque la juventud es la etapa en que las mujeres debemos realizar muchas experiencias de vida muy importantes, como la educación o el trabajo. Y, además, los mandatos de género tradicionales como el matrimonio y la maternidad. Todo al mismo tiempo.

Es la edad más densa en la vida de las mujeres en cuanto a responsabilidades, en experiencia personal y de género. Eso hace que sea una etapa de la vida muy complicada, muy compleja y muy peligrosa, porque los mandatos tradicionales convocan a las mujeres a realizar un conjunto de deberes de género y, al mismo tiempo, a exigirles otro conjunto de deberes.

Es una etapa en la que se da lo que llamamos la doble vida de las mujeres, que es muy antagónica y muy contradictoria. Las mujeres en la juventud deben cumplir con establecer una pareja que, además, sea estable, bien elegida, funcional y magnífica. Tienen que casarse, tienen que ser madres y formar una familia y, al mismo tiempo, como modernas que son, tienen que estudiar y trabajar. Son los momentos cúspides de la exigencia educacional y laboral en un mercado cada vez más competitivo. Además, están las otras exigencias de género ya convertidas en necesidades personales. O sea, al mismo tiempo que tienes que establecer pareja, establecer relaciones amorosas, relaciones sexuales eróticas, tienes que cuidarte para no irrumpir negativamente en tu vida. Tienes que estudiar y hacerlo muy bien y tienes que conseguir trabajo. Todo al mismo tiempo, en unos pocos años. Es una densidad vital impresionante, paradójica y sin recursos. Además, parcializada al resto de las mujeres, porque el antagonismo es con las mujeres adultas, la distancia es con las niñas y la competencia es con todas las pares. Es una de las etapas más aisladas de las mujeres; sólo se vale establecer alianzas de amistad.

¿Cómo son o qué caracteriza a estas relaciones de alianza entre las mujeres jóvenes?

Las amistades de las mujeres jóvenes son profundísimas, pero están basadas en un acompañamiento de vida y en una complicidad para realizar las necesidades de la vida, no necesariamente favorables al desarrollo de las mujeres. Ese es el problema. Toda la complicidad y cercanía está ahí, pero de una forma en que las mujeres no están enfrente unas de las otras. Deben cumplir todos los objetivos de género que, a esa edad, son sobrecargados sin tener una conciencia de género.

En ese proceso, ¿cómo definirías lo que es juventud?

Cada país tiene definiciones distintas, cada clase social tiene definiciones distintas; cada tradición cultural, étnica, religiosa o lingüística tiene definiciones diferentes. Entonces, no se puede lograr una definición absoluta, depende de las experiencias de vida. En mi país hay lugares donde para las mujeres la juventud se acaba a los quince años y entran a la edad adulta. Hay sociedades donde en la juventud hay un período que llaman adolescencia. Hay otras donde dura cinco años y sociedades en las que dura veinte; depende qué es lo que hacen las personas en ese período de tiempo. Varía muchísimo.

Háblanos del concepto o la palabra "empoderamiento".
Yo no hablo de proceso de empoderamiento porque a mí se me haya ocurrido; es como categoría analítica, una de las construcciones teóricas más interesantes. Es plantear la necesidad del acceso de las mujeres al poder, pero no al poder establecido, sino a los poderes positivos para la vida de las mujeres.

El conjunto de procesos de empoderamiento es el de todos aquellos conducentes a lograr que las mujeres nos vayamos haciendo de recursos, bienes, habilidades, capacidades, espacios y todo lo que quieras a favor de nuestra propia vida. Eso es el "empoderamiento", para enfrentar como sujetas oprimidas la opresión y, además, para avanzar.

O sea, el empoderamiento tiene funciones muy concretas desarticuladoras de la opresión. Llamamos poderes positivos desde la perspectiva de empoderamiento a aquellos que permiten deconstruir opresión y a aquellos que permiten remontar y crear alternativas en nuestras propias vidas. También planteamos el empoderamiento como un conjunto de procesos en que cada mujer internaliza esos poderes. O sea, que no son poderes externos, sino que se vuelven maneras de ser, de vivir, de pensar, de sentir, de actuar. No es un poder ajeno a la persona, es una reconstitución de la persona que lo ha internalizado, que lo ha hecho suyo y que es empoderada.

La otra dimensión del empoderamiento es que para que haya empoderamiento de género individual, tiene que haber empoderamiento de género colectivo. Es un proceso colectivo y social. Es una articulación entre una construcción social colectiva y una apropiación individual subjetiva. Tiene que ver -el empoderamiento también- con el conjunto de capacidades de las mujeres para enfrentar como género la problemática de género. Por eso, las jóvenes, en su mayoría, están desempoderadísimas de género. Si de algo están desempoderadas es desde la perspectiva de género. Pueden tener poderes, pueden acceder a poderes y a recursos, pero se trata de que no los ejerzan a favor suyo, como género. Lo ejercen para conseguir pareja, para tener hijos, con sus familias, para la evaluación educativa, para satisfacer las necesidades de los empleadores, para cumplir con las obligaciones ciudadanas; para todo, pero que no pase por transformar la condición de género.

Vos hablás de una competencia que se impone a las mujeres jóvenes para lograr los objetivos o mandatos sociales, ¿cuál podría ser una alternativa a todo esto?

Primero salir del aislamiento y del cautiverio de los hombres. El polo de atracción y el embelesamiento ideológico son los hombres. La aproximación de las mujeres es una aproximación tamizada por las relaciones familiares (donde hay muchas contradicciones por la autoridad de la familia, de los adultos) o están las amigas, pero con la complicidad de cumplir los mandatos de género. Entonces, se requiere que las mujeres salgan de ese aislamiento y que puedan encontrar espacios. Tienen que crear sus espacios para lograr esa identificación positiva entre las mujeres. No es sólo una cosa de encuentro, también es cosa de aprendizaje, estudio y concientización; si no se desarrolla una conciencia de género, tampoco se puede lograr una identidad positiva desde otra perspectiva.

Tu propuesta es la sororidad, ¿qué significa "sororidad"?

La sororidad es el resultado de ese encuentro; es el resultado de un conjunto de procesos de encuentro entre las mujeres en que te encuentras, pero lo que vas construyendo es una alternativa compartida y un apoyo para transformar la vida a favor de cada mujer. Esa es la diferencia rotunda con la solidaridad, que tiene que ver con un intercambio que mantenga las condiciones como están. En cambio, la sororidad, tiene implícita la modificación de las condiciones de género. Cuando las mujeres logramos esa conexión, entre nosotras se puede establecer, al mismo tiempo, una afirmación identitaria. Eso nos ayuda muchísimo cuando logramos establecer una mirada de aprobación de las otras mujeres, cuando podemos identificarnos con ellas. Pero ahí necesitamos hacer más cosas; por ejemplo, no sólo reforzar la identidad de género juvenil, que ya sería un paso enorme, sino al mismo tiempo reforzar la identidad de género con todas las otras mujeres. Ahí tenemos que superar los problemas de poder entre las mujeres. Las mujeres adultas ejercemos formas de poder terribles con las mujeres jóvenes, entre otras cosas porque tenemos más voz, porque tenemos más reconocimiento, porque tenemos más recursos. Entonces, no creamos espacios donde las mujeres jóvenes tengan voz, eso es parte de las necesidades de democratización entre las mujeres. Entre las adultas que ya nos juntamos, muchas veces las mujeres jóvenes no pueden encontrar espacio porque no tienen la legitimidad para hacerlo. Entonces también tenemos que hacer un cambio importante de valores, por ejemplo, reconocer que las mujeres jóvenes pueden enseñar muchas cosas y saben muchas cosas, que dudan muchas cosas y que entienden muchas cosas, que pueden plantear muchas problemáticas, que tienen caminos nuevos, que tienen recursos. Eso todavía no lo reconocemos porque seguimos funcionando con valores muy tradicionales sobre las mujeres jóvenes, como si fueran ignorantes, inexpertas. Entonces, como en todo lo de género tenemos que desmontar la misoginia juvenil y establecer una revaloración de las mujeres jóvenes. Creo que debemos aplicar muchos mecanismos de acción positiva para las mujeres jóvenes, o sea crear espacios, promover y asegurar su participación, apoyar el desarrollo específico y el reconocimiento a su autoridad y a sus saberes. Eso es clave.

Tenemos culturas generacionales notablemente distanciadas, las mujeres adultas muchas veces no nos interesamos por los lenguajes juveniles y no nos interesamos por las experiencias. Es nuestra obligación estar en contacto con las mujeres jóvenes en un sentido feminista, para aprender sus necesidades y lo que están viviendo. No poner nosotras la voz; por eso a mí no me gusta mucho hablar sobre las mujeres jóvenes, yo prefiero oírlas, porque yo tengo una visión de cuando fui joven, y puedo plantear lo problemas de cuando fui joven. Tengo una visión como mujer adulta y mayor en mi relación con las mujeres jóvenes. No estamos considerando la especificidad de las mujeres jóvenes si no planteamos qué es lo que tenemos que enfrentar, si no generamos condiciones.

Tenemos que darles la voz, el espacio, la batuta, los puestos. Si no, no hay empoderamiento. Tenemos que hacer en forma conjunta el análisis de la complejidad de la juventud y poner en primer lugar las necesidades de las mujeres jóvenes, porque estoy convencida de que es el período de la vida más sobrecargado de exigencias. Entonces, la sororidad es una experiencia práctica, amorosa, intelectual y política, es una experiencia concreta que tiene que materializarse en acciones específicas. Si no, es puro rollo.

Estrategias por el aborto legal


Roxana Vásquez Sotelo es una reconocida feminista y defensora de los derechos humanos de las mujeres en América Latina. Fue una de las fundadoras del CLADEM (Comité Latinoamericano de Derechos de las Mujeres) e impulsora, entre otras muchas actividades, de la Campaña por una Convención de los Derechos Sexuales y los Derechos Reproductivos. Conversamos con ella sobre su ponencia La defensa del aborto y cómo seguir danzando al son de nuestros discursos presentada en el Seminario por los 5 años de labor del CLAM, realizado los días 22 y 23 de julio en Rio de Janeiro.

“¿En qué medida, una visión que parte de presentar lo negativo, es decir, lo que no queremos: la muerte, la enfermedad, la vulnerabilidad, dificulta afirmar la visión de lo que queremos y más aún, podría estar favoreciendo una visión de las mujeres más como víctimas que como sujetos con capacidad de decisión?”
Esta fue la inquietud inicial de Roxana Vásquez durante su intervención en el Seminario por los cinco años del CLAM, a propósito de las estrategias para enfrentar uno de los temas más cruciales del movimiento feminista latinoamericano: el debate acerca de la legalización del aborto.

Para la abogada peruana, es fundamental recuperar algunos trabajos de importancia, como aquel de Alicia Yamín evocado en el título de su ponencia: “Aprendiendo a bailar ¿cómo impulsar la salud y el bienestar reproductivo de las mujeres desde las perspectivas de la salud pública y de derechos humanos”. En ese texto, la autora examina las conexiones y límites entre el trabajo de activistas especialistas en salud y de los derechos humanos. Yamín demuestra que no es suficiente lograr la cercanía entre los dos campos “sino utilizar los esfuerzos interdisciplinarios para promover la autorreflexión acerca de las premisas, los métodos y las estrategias de cada disciplina”.

“En un asunto tan dilemático como el aborto donde se conjugan dimensiones éticas, políticas, jurídicas, científicas y médicas” opina Vásquez, “mi impresión es que el interés principal todavía se centra mucho más en los aspectos médicos y científicos, desde la óptica de la vida en su sentido exclusivamente biológico, que en las dimensiones éticas, políticas y jurídicas. Pienso que hay que avanzar en esta dirección, complementando saberes y definiendo sus énfasis de acuerdo a los objetivos que nos hemos trazado.”

En efecto, durante las dos últimas décadas, la estrategia sobre el aborto propuesta por el movimiento feminista colocó el énfasis en la salud. La limitación de esa estrategia fue su foco en los efectos del aborto. Estas campañas podrían estar diluyendo o postergando los argumentos que abogan por la autonomía, la libertad y el libre desarrollo de la personalidad de las mujeres.

“El derecho a la salud como muchos otros derechos humanos, aborda el tema del aborto, pero lo hace sólo desde algunos de sus ángulos y consecuencias. Si se lograra confluir este asunto con sus marcos fundantes en el ámbito de la Constitución, por ejemplo, se podría construir tanto una argumentación pública como discursos políticos más potentes, menos segmentados, evitando eludir la discusión sobre la vida y acrecentando la figura de la dignidad, atributo reconocible solamente a la persona y no al que no ha iniciado aun ese proceso”, es la propuesta de la abogada.

Para Vásquez, “las preguntas sobre la vida y la dignidad humana nos colocan ante un desafío más amplio, no solo del aborto, sino también de la eutanasia, de las nuevas tecnologías, desde otro nivel de cuestionamiento. Nos permiten preguntarnos sobre el enorme peso de la dimensión biológica como exclusiva para enjuiciar la vida frente a una realidad cotidiana que reclama por la calidad de vida en sus dimensiones tangibles e intangibles, como el amor, la dignidad, el placer o la felicidad”.
Vásquez toma el caso de la Constitución Colombiana para proponer un giro en las estrategias del aborto, pues como explica, “muchos de los logros obtenidos, que se ven objetivados en los razonamientos de los máximos tribunales de algunos países de la región y también en los sistemas internacionales de protección de derechos humanos, no son ni suficientemente conocidos ni suficientemente aprovechados para el diseño de nuevas estrategias para el debate público. Por ejemplo, se sigue hablando de la vida en términos absolutos cuando sabemos que no existen derechos absolutos; es precisamente cuando hay conflictos entre derechos que los tribunales desarrollan razonamientos muy interesantes y plantean rutas para alcanzar lo que llamamos la ponderación de estos derechos. Podemos estar de acuerdo o no con estos razonamientos, el punto es que abren caminos para una discusión menos simple o extrapolada”.

En la sentencia C-355-06 del Tribunal Constitucional Colombiano se encuentra un punto de partida interesante para nuevas argumentaciones en el debate en torno al aborto. Dicha sentencia orienta sobre el concepto de la vida en el que el Estado le permite al individuo vivir como se quiere; vivir bien; vivir sin humillaciones.

Al diferenciar el principio constitucional de la vida del derecho a la vida, la Corte colombiana proporciona elementos para argumentar por el derecho al aborto desde una perspectiva de derechos humanos. Vásquez explica por qué: “Mientras que el principio constitucional de la vida es obligación del Estado, el derecho a la vida requiere titularidad para su ejercicio, la que está restringida a la persona humana; el primero, en cambio, se predica incluso respecto de quienes no han alcanzado esta condición. Al mismo tiempo, esta Corte considera que determinar el momento exacto a partir del cual se inicia la vida humana es un problema al cual se han dado varias respuestas según diferentes criterios y cuya evaluación no le corresponde en esta decisión. Si el principio de la vida y el derecho a la vida son fenómenos diferentes, una ya puede preguntarse directamente a quién le corresponde tomar esta decisión”.

Como informa Vásquez, “uno de los aspectos desarrollados en la teoría de los derechos humanos, que comienza a recogerse explícitamente en la argumentación de los tribunales como parte del razonamiento constitucional, es que no es el Estado quien indica el tipo de vida que debes llevar sino que su competencia es la de garantizar las condiciones para que cada persona decida el tipo de vida que quiere llevar”.
El enfoque de protección de la vida que va variando en función del tiempo resulta una manera interesante de abordar el tema. Es fundamental tener en cuenta que los derechos no son absolutos, si se tiene en cuenta que estos van variando, se pueden evitar los absolutos “que son precisamente los que impiden un buen debate tendiente a avanzar en los entendimientos sobre el complejo tema del aborto”, explica Vásquez.

“La vida, la autonomía y la libertad de las personas constituyen otro tipo de argumentación que va al centro de la materia en discusión. Es en la ponderación de principios y derechos donde se encuentra un camino para la exposición y análisis del asunto en cuestión.” En conclusión, Vásquez nos advierte que hay formas de razonamiento que podrían y no están siendo utilizadas. Si el derecho no puede hablar de cuándo comienza la vida humana y la ciencia no puede decirlo ¿a quién le corresponde tomar esta decisión? Es necesario entonces armonizar argumentos, conocer más a fondo cada una de las posiciones para hacer un discurso más claro y más formal sin bordear los temas dilemáticos sino, por el contrario, enfrentarlos.

ARGUMENTOS JURÍDICOS A FAVOR DEL ABORTO TERAPÉUTICO

Desde 1931 hasta 1989 - aún bajo la Constitución de 1980 (impuesta por Pinochet) - el ordenamiento jurídico chileno contemplaba la posibilidad de practicar lícitamente un aborto por motivos terapéuticos. El aborto terapéutico era considerado lícito, pues estaba plenamente justificado en aras a evitar un mal actual o inminente.

La derogación del aborto terapéutico es un fiel reflejo de cómo sectores antidemocráticos a través del poner punitivo del Estado pretendieron perpetuar una determinada forma de pensar. La ley 18.826 se dictó restando meses para la partida del Gobierno militar, sin que mediara debate político o social. Antonio Bascuñan Rodríguez indica que la modificación del Código Sanitario obedeció a la directa intervención del magisterio de la Iglesia Católica que persuadió al Gobierno de la época para que penalizara absolutamente el aborto en Chile. La penalización absoluta del aborto es un elemento ajeno a nuestra tradición jurídica. Antes de la promulgación del primer Código Sanitario Chileno, la práctica del aborto para resguardar la salud y la vida de mujer era considerada lícita.

En otras palabras, la derogación del aborto terapéutico se ha producido de una manera socialmente arbitraria. De este modo, la sociedad, que no ha tenido la posibilidad de verse informada en una materia que la afecta más allá de las ideologías y los partidos políticos, tiene que aceptar una razón impuesta y fundada en una moral única y autoritaria como es la católica.
La eliminación del aborto terapéutico de la legislación sanitaria tuvo por objeto y resultado consagrar dentro del orden temporal el reconocimiento de la filosofía y la moral católica. No ocurrió ningún hecho científico significativo que pudiera llevarnos a concluir que los fetos desde el año 1989 tenían más vida que aquellos que se gestaron antes de esta modificación legal.

La penalización sin excepciones del aborto constituye un incumplimiento de las obligaciones que el Estado de Chile ha adquirido en materia de derechos humanos de las mujeres. La norma del Código Penal no reconoce ninguna situación o excepción para la interrupción del embarazo. Incluso en los supuestos en que el embarazo exponga la vida de la mujer, sea el resultado de una violación o bien el feto sea anancefálico o inviable. Si la mujer opta por abortar será sancionada con toda la fuerza del derecho penal. El Estado de Chile al penalizar el aborto, obliga a las mujeres que requieren un aborto a buscar la realización de este procedimiento en condiciones inseguras o insalubres o bien, simplemente, esperar pasivamente la muerte, en el caso de la indicación terapéutica, o padecer en silencio el tormento de un embarazo producto de una violación o respecto del cual se tiene la certeza que el feto no sobrevivirá. Ciertamente esta situación afecta el pleno goce del derecho a la vida y la integridad de las mujeres, puesto que no existen motivos o requisitos razonables o legales que amparen esta situación. En ausencia de esos requisitos, solo podemos afirmar que en los supuestos descritos, el Estado se comporta en forma arbitraria, en manifiesta contradicción con la Constitución y los tratados internacionales de derechos humanos vigentes en Chile.
*Las leyes deben representar a la ciudadanía y no a una iglesia en particular.
*Las leyes chilenas no respetan los derechos humanos de las mujeres

No resulta legítimo solicitarle a las mujeres que sacrifiquen su vida o su integridad personal por otro ser, ya que nuestro ordenamiento jurídico no contempla deberes de comportamiento a favor de terceros que impliquen un sacrificio de estos derechos. El Estado y la sociedad deben respetar la autonomía de cada sujeto para desarrollarse libremente, sin que exista la posibilidad de requerir a sus ciudadanas que se transformen en mártires.

Buscando un contexto bíblico para abordar el tema

Lo que se pede buscar en la Biblia es más bien el contexto teológico más general dentro del cuál el tema pueda ser abordado. A continuación se ofrece una síntesis de este contexto, tomando como base documentos de diversas iglesias que se han pronunciado explícitamente sobre el tema[1]:


a)
Aunque la vida humana procede directamente de la unión entre una mujer y un hombre, la Biblia la entiende como un don o regalo de Dios. En otras palabras, mediante su sexualidad, el hombre y la mujer participar de la acción creadora de Dios (Génesis 1,26,28; 2,7; Rut 4,13; Salmo 8; 104:29-30; Juan 10,10).


b)
Todo ser humano es “imagen y semejanza” de Dios (Génesis 1:26-27). Por ello, toda vida humana está bajo la protección del mandamiento afirmativo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18; Mateo 5,43-45; Juan 13,34); y del mandamiento negativo: “No matarás” (Éxodo 20,13; Deuteronomio 5,17; Mateo 5,21-26). Por lo tanto, la vida humana debe ser protegida ante cualquier amenaza.


c)
La acción creadora de Dios es activa tanto en la concepción (Génesis 20,18; 30,2; Lucas 1,23-26,36-37) como en el nacimiento de un ser humano, y el cuidado y la protección de Dios está presente tanto antes como después del nacimiento (Job 31,15; Salmo 22,9; 127,3-5; 139,13-16; Isaías 44,2,24; 49,1,5,15; Jeremías 1,5). Por lo tanto, la dignidad de ser imagen de Dios, y la condición de prójimo, se extiende al no nacido (Lucas 1,44). Como los nacidos, los no nacidos son una manifestación única e irrepetible del don de la vida.


d)
Así como Dios creador es una comunión de tres personas (Génesis 1,26: “Hagamos…), el ser humano creado a “imagen y semejanza de Dios” se constituye en su relación con sus semejantes, con el Creador y con toda la creación (Génesis 2). Es un ser relaciones, y por lo mismo, toda su existencia se desarrolla al mismo tiempo e inseparablemente en una dimensión de gratuidad (libertad, alegría de vivir, derecho a ser amado: Génesis 1,28-31; 2,16,19ss; Salmo 8,4-9; Miqueas 4,4; Juan 3,16; 10,10) y una dimensión de responsabilidad (compromiso, entrega, disponibilidad frente al otro: Génesis 4,9; Éxodo 20,13-17; Mateo 25,40,45; 1 Corintios 13,1).


e)
La expresión más profunda de la relacionalidad del ser humano, en su doble dimensión de gratuidad y responsabilidad, es la relación sexual entre el hombre y la mujer (Génesis 2,24; Mateo 19,5). Por tanto, el sentido de la relación sexual no se reduce a la procreación (Génesis 1,28; Salmo 127,3-5). Es también expresión de la alegría de vivir, de la comunión gozosa y placentera, y de la mutualidad, es decir, de la entrega y responsabilidad del uno por el otro (Génesis 18,11-12; Rut 1,12; 3,1-8; Eclesiastés 4,9-11; Cantar de los Cantares 7,10-12).


f)
Por cuanto el ser humano, “imagen y semejanza de Dios”, fue creado “macho y hembra” (Génesis 1,27), mujeres y hombres compartes la misma dignidad. Son distintos, diversos, pero iguales en derechos y responsabilidades. Ambos tienen el mismo derecho al placer, al gozo, a la alegría de vivir. Al mismo tiempo, ambos son co-responsables por su prójimo, y por el conjunto de la creación.

El aborto desde la perspectiva de las iglesias evangélicas

Teniendo en cuenta este contexto bíblico, la pregunta por la legitimidad o ilegitimidad de la interrupción del embarazo no puede ser abordada en abstracto. Puede ser abordado únicamente como una situación siempre concreta, compleja y dolorosa, fruto, como muchas otras situaciones (por ejemplo, la guerra), de la condición quebrada o caída del género humano. Siguiendo una declaración de la Iglesia Morava del Norte de los Estados Unidos, esto significa que “el aborto puede considerado en la perspectiva de traer gracia a una situación difícil en el caso de que otras opciones puedan ser aún más destructivas”[2]. En otras palabras, en este marco el aborto puede aceptarse como legítimo solamente cuando responda a fines terapéuticos.

En efecto, esta responsabilidad frente a la vida propia y la del otro descarta completamente la posibilidad de considerar el aborto como un método de planificación familiar o de control de la natalidad. En cambio, el uso de otros métodos que faciliten la planificación de la concepción es generalmente considerado por las iglesias evangélicas como parte del ejercicio de una sexualidad y maternidad-paternidad responsables.

En el campo de la enseñanza o educación cristiana, esta perspectiva se traduce en el esfuerzo por preparar a los miembros de las iglesias - y a quienes están en su ámbito de influencia - para vivir vidas plenamente responsables, lo que implica también un ejercicio responsable de la sexualidad (es decir, en el marco del afecto mutuo de una pareja estable), y la co-responsabilidad de la pareja frente a todas las implicaciones de la paternidad y la maternidad.


En el campo de la función pastoral, esta perspectiva se traduce en la disponibilidad para acompañar el difícil proceso de discernimiento de las personas y/o familias que enfrentan, en condiciones adversas, embarazos no deseados o evidentemente peligrosos para la madre; o el largo proceso de sanación física y espiritual de personas que, en el contexto de sus propias circunstancias, optaron por una interrupción del embarazo.


Hay que reconocer que en la mayoría de los casos, la ocurrencia de este tipo de situaciones delata una falla de la responsabilidad docente de las iglesias, de los padres y de la sociedad en su conjunto, especialmente cuando tal enseñanza no ha sido lo suficientemente clara y explícita a causa de tabúes u otros factores religioso-culturales. En tales casos, la responsabilidad sobre la situación es necesariamente compartida por las iglesias, los padres, y la sociedad. Es por lo tanto injusto responsabilizar únicamente a la mujer que ha quedado embarazada. Al mismo tiempo, hay que reconocer que no siempre los pastores muestran una verdadera disponibilidad para acompañar a las personas afectadas, a causa del mismo tipo de tabúes y prejuicios.


¿Deja la legislación chilena espacio para el discernimiento ético?

El problema es que, en el contexto de una sociedad cuya legislación penaliza el aborto en términos absolutos, sin dejar lugar a excepciones, el acompañamiento pastoral al proceso de discernimiento ético difícilmente puede darse. En efecto, si el aborto es tipificado como crimen bajo cualquier circunstancia, cuando una mujer angustiada por las condiciones en que se dio su embarazo está considerando seriamente la posibilidad del aborto, difícilmente acudirá a pedir consejo y orientación de parte de una autoridad eclesiástica. Y si lo llegara hacer, pondrá al pastor en una compleja situación, ya que la ley no deja espacio para un real discernimiento ético a partir de las circunstancias humanas concretas de la persona que pide ayuda. Esto último nos lleva a poner nuestra atención sobre el tema de la legislación vigente.


Para abordar este tema es necesario comenzar con una pregunta más general: ¿Cuál es el sentido y propósito de la ley en la sociedad humana? ¿Es su propósito, acaso, imponer al conjunto de la sociedad la ley o la voluntad de Dios? Desde el punto de vista del pensamiento evangélico, este último no puede ser el propósito de la ley. En primer lugar, porque en el contexto de una humanidad quebrada, es decir, marcada por la realidad del pecado, la injusticia y todas las ambigüedades de la existencia humana, el hecho de vivir plenamente de acuerdo a la ley o voluntad de Dios no puede ser fruto sino de la obra del propio Dios en la vida de la personas, o por decirlo en el lenguaje evangélico tradicional, de la conversión del corazón. A su vez, la conversión del corazón nunca puede ser impuesta mediante la ley, ya que solo puede resultar de la persuasión, la invitación, o la apelación a la conciencia de las personas. Por lo tanto, la persuasión y la apelación a las conciencias de las personas son las únicas herramientas legítimas con la que las iglesias cuentan para difundir sus enseñanzas y perspectivas sobre la vida.

En segundo lugar, porque vivimos nuestra fe cristiana, y por lo tanto, nuestra interpretación cristiana de la ley o voluntad de Dios, en el contexto de sociedades diversas tanto cultural como religiosamente. Por lo tanto, no es posible para el Estado legislar a partir de nuestra particular interpretación de la voluntad de Dios, en desmedro de otras posibles interpretaciones.

La presuposición de la existencia de la ley en la sociedad no es la presencia de una humanidad perfectamente habilitada para comprender y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Si fuera así, simplemente no sería necesaria la ley. La ley es necesaria precisamente por la condición quebrada, ambigua y compleja de la humanidad. Su propósito no es, entonces, establecer el bien absoluto, sino facilitar la convivencia social, protegiendo los derechos de los más débiles, limitando los efectos del mal y promoviendo un bien común posible en el marco de la condición humana real (Romanos 13,1-6). Las leyes de una sociedad, por tanto, no pueden evaluarse unívocamente en función de su correspondencia con un principio absoluto, sino en función de su eficacia en el mejoramiento de situaciones humanas concretas.

Es a este ‘test’ al que debe ser sometida la actual legislación chilena sobre el aborto. ¿Ha ayudado a disminuir la frecuencia de la práctica del aborto? ¿Ha facilitado la disminución de la mortalidad materna por causa de abortos realizados en malas condiciones sanitarias? ¿Ha estimulado el ejercicio de una sexualidad responsable? ¿Ha sido su aplicación práctica coherente con otros principios constitucionales, tales como la igualdad de la ley? ¿Ha evitado el lucro a partir de la práctica del aborto? ¿Ha facilitado la reeducación de las personas que abortan, y el mejoramiento de las condiciones que las llevan a abortar?


No soy la persona más autorizada para responder a estas y muchas otras preguntas que podríamos hacernos para evaluar la eficacia de nuestra legislación para enfrentar el problema del aborto. Sin embargo, he tenido acceso a parte de la creciente literatura sobre el tema, fruto de investigaciones médicas, sociológicas, antropológicas y legales que me parecen muy serias, la cual sugiere un cuadro más bien sombrío en cuanto a la eficacia del enfoque penalizador de nuestra actual legislación[3].


A quienes piensan que la mayor parte de esa literatura parte de presuposiciones pro-abortistas. Esa no es, sin embargo, mi impresión. Me cuento entre los que asumen que toda investigación parte de ciertas presuposiciones, sean estas explícitas e implícitas. Creo que la mayoría de los estudios sobre la situación real del aborto en Chile, parten de una preocupación genuina por conocer y enfrentar el tema como un problema de salud pública, de justicia social y desde una necesaria perspectiva de género. Lo que podría entenderse como una postura más liberal frente al aborto, se refleja más bien en algunos artículos que se refieren a propuestas alternativas a la legislación actual, las cuales incluyen la posibilidad de reconocer el aborto como método legítimo de planificación familiar, en el marco del derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. El desacuerdo con tales propuestas, por la razones teológicas antes expuestas, no debe llevarnos a cerrar los ojos ante la necesidad urgente de debatir sobre la eficacia de la legislación actual, y la de aproximarse a un enfoque más adecuado a la realidad concreta del aborto en Chile.


En término generales, el cuadro que se desprende de los estudios disponibles es que la legislación actual - que penaliza el aborto bajo cualquier circunstancia - no ha sido un instrumento eficaz para disminuir la ocurrencia de esta práctica. De acuerdo a los entendidos, la disminución relativa del número de mujeres que llegan a los servicios de salud por problemas derivados de abortos efectuados en malas condiciones sanitarias, no es un indicio de una disminución de la ocurrencia de abortos, sino del relativo mejoramiento de las técnicas y las condiciones generales en que éste se realiza.


Pero aparte de la ineficacia de la ley para contener el problema, hay suficiente evidencia de que ésta genera una serie de situaciones secundarias que se traducen en serias desigualdades sociales y de género. Estas situaciones se derivan del hecho de que la ley sólo puede aplicarse, en la práctica, en los casos de mujeres que llegan a los servicios de salud por los problemas secundarios derivados del aborto, esto es, en los casos de mujeres pobres que no tienen los recursos para acceder a un aborto hecho por profesionales, en condiciones sanitarias apropiadas y con el ‘necesario secreto’. La inequidad de género se expresa en el hecho de que ley no afecta al co-responsable masculino del embarazo, a menos que pueda probarse su complicidad en el aborto. Lo más grave, tanto desde el punto de vista de la salud pública como del género, es que el aborto continúa siendo un factor de alta incidencia en la tasa mortalidad materna.

Conclusiones

Este cuadro, aunque muy general, es suficiente para concluir que:

1. Nuestra legislación sobre el aborto no está cumpliendo su propósito, es decir, no resuelve ni contiene el problema que le dio origen.

2. El aumento de las penalizaciones, que algunos sectores postulan como solución, no mejoraría la eficacia de la ley como instrumento para contener el problema del aborto. Por el contrario, es predecible que aumentaría sus efectos negativos.

3. Nuestro país requiere de un debate serio e informado sobre este tema, orientado a una revisión de la legislación. Tal revisión debiera considerar el estudio de la posibilidad de reinstaurar el aborto terapéutico, no sólo en el caso de peligro de vida de la madre, sino en otras situaciones muy calificadas, como por ejemplo, en menores embarazadas como consecuencia de violación o abuso sexual.

4. La ley no debiera ser vista como el único ni el principal instrumento para enfrentar la práctica del aborto. Las tareas más importantes se ubican en el plano de la educación en general y la educación sexual en particular, de manera de prevenir los embarazos no deseados; y en el plano de la cultura, de manera de ir superando patrones discriminatorios entre hombres y mujeres (promoción de la co-responsabilidad de hombres y mujeres en el ejercicio de la sexualidad y la paternidad-maternidad), y estigmatizadores de las madres solteras (promoción de una comunidad más acogedora).



[1] Cf. Juan Sepúlveda, “El aborto: un tema difícil pero ineludible”, en Evangelio y Sociedad n° 18 (Julio-Septiembre 1993), pp.2-6.

[2] Robin Smith, Op.cit. p.125.

[3] Ver, por ejemplo, Mariano Requena (editor). Aborto inducido en Chile. Santiago: Sociedad Chilena de Salud Pública, 1990; Lidia Casas Becerra. Mujeres procesadas por aborto. Santiago: Foro Abierto de Salud y Derechos Reproductivos, 1996.

DERECHO A NO SER MADRE: MATERNIDAD VOLUNTARIA

19 jul 2008

RESUMEN

El Aborto en Chile está prohibido en todas sus formas, situación que obliga a miles de mujeres cada año a buscar en la clandestinidad la forma de interrumpir embarazos no deseados. Esta práctica pone en riesgo la vida de las mujeres y vulnera un derecho fundamental como es el decidir por su propia vida y en su propio cuerpo.

El Estado chileno ha suscrito Convenios y acuerdos internacionales que velan por la promoción de los derechos sexuales y reproductivos e incluyen la necesidad de otorgar los cuidados y atenciones a mujeres que presentan complicaciones producto de abortos mal hechos, cuestión que en nuestro país no se cumple.

Las mujeres son personas autónomas y libres de tomar las decisiones que estimen convenientes para llevar la vida que desean llevar. Existe el derecho a ser madre y el derecho a no serlo. Sin embargo en Chile, el Gobierno -a través del Sernam- no ha incluido en su Plan de igualdad de oportunidades 2000-2010 esta histórica demanda de las mujeres, conformándose una situación de vulneración de derechos y de violencia hacia las mujeres, que impide una óptima salud o bienestar de la mitad de la población.


Extracto, de documento.-

UNA MIRADA PSICOSOCIAL SOBRE LA CUESTIÓN DEL ABORTO EN CHILE

26 abr 2008

Por Gloria Salazar Rosas, septiembre 2007. (psicóloga y docente investigadora en temas de salud reproductiva y género)
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El aborto es una experiencia que sólo es vivida por las mujeres -quienes constituimos algo más de un 50% de la población mundial- siendo una posibilidad cierta en nuestras vidas desde el momento en que se alcanza la menarquia, es decir, desde que existe la posibilidad biológica del embarazo. Esta capacidad de engendrar y también de abortar, convierte a las mujeres en las principales protagonistas de esta situación, quienes deberían ser consultadas y escuchadas al respecto. Sus opiniones, percepciones y experiencias deberían ser elementos considerados de una importancia determinante en la elaboración de las políticas públicas relativas a la fecundidad y a la maternidad; particularmente de aquellas dirigidas a disminuir la ocurrencia de abortos, a regular su realización, y a asegurar la vida y la salud de las mujeres.

Sin embargo, las experiencias y testimonios de las mujeres no suelen tomarse en cuenta para la elaboración de las legislaciones que regulan el aborto. Por lo general, se dictan leyes sobre el tema a partir de posiciones ideológicas más que de la consideración de los datos científicos obtenidos tanto desde la epidemiología como desde los estudios cualitativos realizados por las ciencias sociales que dan cuenta de la subjetividad de quienes viven esta experiencia.
La mayor parte de los estudios realizados desde las ciencias sociales abordan experiencias de aborto a través de la indagación en las vivencias de las mujeres, sin distinguir necesariamente los abortos considerados terapéuticos de los que tienen otras causas. En estos estudios, los factores psicológicos y psicosociales presentes en el proceso del aborto suelen sistematizarse al menos de dos diferentes maneras. En una de ellas se distingue entre factores subjetivos -aquellos relacionados con la vida afectiva, la personalidad y la historia de la mujer- y factores del entorno: el contexto en que los abortos se deciden, la legislación vigente, la atención de salud, los riesgos de la intervención clínica, entre otros. Una segunda forma de clasificación diferencia entre factores relacionados con las causas o motivaciones para el aborto, y aquellos factores referidos a los efectos o consecuencias. Sin embargo, ambas formas de clasificar y ordenar se interrelacionan: en las causas del aborto siempre están presentes factores subjetivos y también elementos del contexto social y cultural. Asimismo, en los efectos psicológicos del aborto es posible observar tanto las implicaciones del entorno así como de la historia personal. Por ello, se intentará a continuación exponer estos factores siguiendo el proceso que viven las mujeres que han experimentado un aborto.

DECISIONES SOBRE LA MATERNIDAD

Las decisiones que los seres humanos tomamos respecto de nuestra vida sexual y particularmente de nuestra vida reproductiva nos afectan de forma decisiva: tener o no hijos, cuándo tenerlos, con quién... En nuestra cultura, la maternidad es aún una condición determinante para las mujeres, que suele cambiar y reorganizar nuestras vidas. Por eso, lo deseable –tanto para las mujeres y hombres adultos, como para sus hijos e hijas- es que la maternidad y la paternidad sean el resultado del ejercicio de la libertad, de la voluntad y del deseo. Se sabe que los hijos no deseados son más vulnerables que aquellos que sí fueron deseados, especialmente en sectores de extrema pobreza (Viel y Pereda, 1984; Viel y Campos, 1991).
El supuesto deseo “natural” de ser madre ha sido durante siglos uno de los pilares de las culturas patriarcales, lo que convirtió a la maternidad en el único proyecto legítimo de las mujeres, y definió al aborto como la negación de la maternidad, la más grande trasgresión que las mujeres pueden cometer en estas culturas. Y no se trata de que las mujeres no le otorguemos importancia a la maternidad como experiencia y como responsabilidad. Como señala la abogada peruana María Isabel Rosas: “La maternidad es un suceso trascendental, determinante y complejo, que modifica objetiva y subjetivamente todos los aspectos de la vida de una mujer. De ahí lo importante que resulta que esta sea una experiencia voluntaria y autónoma, que signifique para la mujer un suceso positivo y enriquecedor de su existencia. Impedir que ello ocurra, forzar a una mujer a que culmine un embarazo no deseado y a afrontar sus consecuencias, supone atentar contra su libertad, su dignidad y su derecho a decidir, y condenarla a un futuro que ella no ha elegido” (Rosas, 1997).

FACTORES PSICOLÓGICOS Y PSICOSOCIALES PRESENTES EN LA DECISIÓN
SOBRE UN EMBARAZO

Causas de los embarazos no planificados o no deseados

Antes de abordar las motivaciones que llevan a las mujeres a decidir el término de un embarazo en nuestro país, es necesario señalar que dichas motivaciones están íntimamente relacionadas con los orígenes de esos embarazos, existiendo una diversidad de factores que pueden ser considerados como las causas indirectas de los abortos. Es decir, muchas mujeres se embarazan sin desearlo o sin planearlo, a causa de ciertas carencias en su entorno, como desinformación, poca disponibilidad de servicios de anticoncepción, etc.

Mónica Weisner, en un estudio antropológico realizado en Chile en 1982, señala tres factores: los factores de motivación para la regulación de la fecundidad; los factores de capacitación que permitirían llevar a cabo esa regulación y los factores de facilitación, como la existencia de tecnologías adecuadas para ese propósito y el acceso a ellas a través de un servicio de salud pública adecuado y educación sexual en los colegios y universidades.

Concuerdan con esta posición los hallazgos del estudio de Silva y Salazar (1994), que agregan las dificultades en la comunicación padre/madre-hijo/a y profesor/a-alumno/a, que no facilitan la expresión de dudas y la transmisión de conocimientos en los ámbitos familiar y escolar. Por otra parte, algunas características psicológicas propias de la adolescencia, como el sentimiento de omnipotencia, contribuyen a potenciar los riesgos que viven las jóvenes desinformadas y poco o nada motivadas al cuidado de sí mismas.

Un factor estructural que contribuye a contextualizar las decisiones reproductivas de las mujeres se expresa en el reconocimiento del estado de sus necesidades y derechos en éste y otros ámbitos. Cuando el Estado reconoce estas necesidades y provee de información y educación sobre sexualidad, derechos y salud reproductiva y medios de acción para la regulación de la fecundidad, da una señal a las mujeres de que son legítimamente dueñas de su cuerpo, de sus decisiones y de sus proyectos de vida. La percepción que cada mujer tiene de sí misma determina su autoestima y lo que cree acerca de sus posibilidades de controlar o no determinadas situaciones, así como las atribuciones que hace sobre lo externo y lo subjetivo; todo lo cual se relaciona con lo que la cultura les permite o les niega. Y esta percepción de sí misma se expresa en acciones concretas, destinadas a protegerse o a aumentar la exposición a riesgos (Silva y Salazar, 1994).

Deseo de embarazo y deseo de maternidad

Un factor de vital importancia en las decisiones que las mujeres toman sobre su vida reproductiva es la presencia del deseo de maternidad ante cada embarazo. Es necesario distinguir entre deseo de embarazo y deseo de maternidad: el primero se relaciona con el deseo de gestar, de sentirse cuidada, o de cambiar de estatus debido a esta condición; y no asegura que una gestación culmine en el nacimiento de un bebé. El deseo de maternidad, en cambio, se refiere al deseo de cuidar a otro, de proyectarse con él o ella a lo largo de la vida, y no requiere necesariamente de la gestación en el propio cuerpo; por lo tanto, es un factor importante a la hora de predecir la continuidad o no de un embarazo.
En muy diversas situaciones puede existir en la mujer sólo deseo de embarazo y no deseo de maternidad, como suele suceder en adolescentes o en mujeres con muchas carencias afectivas. El deseo de embarazo puede mantenerse por un tiempo, pero si no está presente el deseo de maternidad, el proceso de la gestación puede hacerse difícil, transformándose en un problema. Como se mencionó previamente, incluso en las parejas estables pueden surgir dificultades emocionales o pueden producirse cambios externos (muerte de la pareja, abandono, accidentes o enfermedades graves) que podrían cambiar el "deseo de embarazo" a "no deseo", poniendo así en riesgo la estabilidad del proyecto común que era la gestación (Salazar, Guerrero y Mérida, 1990).


Factores culturales que inciden en la decisión de abortar

Mónica Weisner (1982, 1993) señala que uno de los factores culturales que se relacionan con la decisión de abortar son las creencias que una sociedad o parte de ella tiene acerca del inicio de la vida y del momento en que el producto de la concepción puede ser considerado un ser humano. Así, mientras más tardío se crea que es este momento, más se facilita la decisión de abortar.
Entre los factores culturales más relevantes se encuentran aquellos relacionados con las creencias religiosas. En Chile, predominan las creencias de la iglesia católica, que espera que sus directrices no sólo sean válidas para sus fieles, sino para toda la sociedad chilena. Al respecto señala Marta Pérez (2003) en un estudio sobre representaciones sociales del aborto: “el discurso dominante del aborto de tendencia heterónoma, se construye a partir de la triangulación entre la iglesia (católica), la política y la jurisprudencia, manteniendo la representación y perpetuación de sus intereses particulares”.
En Chile, la mayor parte de la población se declara observante de alguna religión, un 90% cristianos y alrededor de un 70% católicos/as. Esto nos indica que la mayor parte de quienes abortan (unas 150.000 mujeres por año) son católicas. El estudio de Silva y Salazar (1994) acerca de los matices de la opinión pública respecto del aborto mostró que, si bien las personas en general tenían actitudes respecto del aborto concordantes con las directrices de la jerarquía de la iglesia católica, sus conductas finalmente estaban determinadas por sus necesidades cotidianas y sus intereses particulares, pudiendo así alejarse de la doctrina religiosa.
Por otra parte, es necesario mencionar que el contexto laboral también es un factor de presión para las mujeres, ya que en algunas empresas el embarazo es aún motivo de despido; en algunos casos aún el riesgo de embarazo es tomado en cuenta al otorgar un puesto de trabajo a una mujer; y el sistema privado de salud persiste en su discriminación negativa.

Factores sociales
Los factores sociales han sido también mencionados en diversos estudios como elementos de peso en la decisión del aborto. Así, algunas mujeres han señalado que han decidido abortar porque no querían vivir un embarazo y una maternidad en soledad, sintiendo la estigmatización y la reprobación por parte de la sociedad (Weisner, 1982; Leal y Ortega, 1991; Salazar, 1993; Silva y Salazar, 1994). La exaltación social “oficial” de la maternidad no se transmuta en acciones concretas de apoyo psicológico ni económico a las mujeres embarazadas, quienes se sienten presionadas para conservar el embarazo, pero, por otra parte, saben que serán las únicas responsables por ese/a hijo/a, además de sentirse estigmatizada en algunos ámbitos por ser madres solteras.

Factores psicosociales
Una socialización familiar que dificulta -en vez de facilitar- la comunicación sobre sexualidad y la transmisión de experiencias de padres a hijos, y que puede estar presente en todos los niveles socioculturales y económicos, es un factor que se relaciona también con la decisión sobre el embarazo. La carencia de apoyo y afecto familiar en que viven su embarazo jóvenes solteras –que se puede traducir en sanción social, expulsión del hogar y pérdida de recursos materiales, trabajo o estudios – son factores que facilitan la decisión de abortar, especialmente en sectores socioeconómicos desfavorecidos. Asimismo, se ha establecido que la ausencia de un modelo de prevención del embarazo en la madre contribuye también a dificultar la prevención en las jóvenes con la consecuencia de un eventual aumento de embarazos no planificados y abortos (Silva y Salazar, 1994).
La ausencia de una pareja estable que apoye el período de embarazo y crianza, es una razón mencionada frecuentemente por las mujeres como su principal razón para abortar (Weisner, 1982, Silva y Salazar, 1994). Asimismo, Leal y Ortega (1991) señalan que un 23,5% de las mujeres de su estudio decidió abortar por “deserción” de su pareja.
Según los estudios de Salazar (1993) y Silva y Salazar (1994), el deseo de embarazo y el deseo de maternidad, conceptos ya descritos, son factores de gran importancia en la decisión sobre el destino de un embarazo. En las parejas estables, las dificultades emocionales que pueden presentarse inesperadamente, pueden cambiar este deseo a no deseo, al modificarse las circunstancias afectivas de la pareja o de la mujer y peligra la estabilidad emocional necesaria para llevar adelante un proyecto de familia.

Factores económicos
Los motivos económicos son mencionados como la principal causa para abortar en el estudio de Weisner (1982), señalándolos el 50% de las participantes; en el estudio de Lavín y col. (1994) los mencionó un 38,9% de las participantes, y en el de Leal y Ortega (1991), un 26,5%. En este último estudio se añade que un 23,5% indicó que la causa principal de su decisión había sido el riesgo de ser despedida de su trabajo al saberse del embarazo, corriendo así el riesgo de perder su fuente de ingresos. La mayoría de las participantes en estos estudios se encontraban en los sectores más desfavorecidos económicamente.
En los sectores medios, el embarazo no deseado aleja los proyectos de mejorar la calidad de vida familiar, así como los proyectos de carácter personal, entre ellos dar continuidad a estudios técnicos o superiores y planificar el número y espaciamiento entre los hijos; situaciones que tienen también un aspecto económico (Salazar, 1993; Silva y Salazar, 1994).
Sin embargo, en las encuestas de opinión acerca de las causales en las que debería permitirse el aborto, esta motivación es una de las que tiene menos aprobación por los/as entrevistados/as, a diferencia de las razones relacionadas con la salud, la viabilidad fetal y la violación y el incesto (Blofield, 2004). Pareciera que lo que no es válido para algunos sectores en términos teóricos -que es como se responde a las encuestas- sí lo es para quienes se ven afectadas por una situación que ellas viven como insostenible.

Factores de salud
En los estudios ya mencionados las mujeres entrevistadas han señalado también razones de salud para decidir un aborto: enfermedades crónicas (Silva y Salazar, 1993), temor a las malformaciones fetales (Lavín y col. 1994); alcoholismo de la pareja (Weisner, 1982).
Las fallas de los anticonceptivos son señaladas también entre las razones de un aborto, ya que las mujeres o las parejas que los usaban habían estado evitando conscientemente un embarazo, por lo que éste es vivido como la frustración de un proyecto que hay que recuperar. En el estudio de Viel y Pereda (1984) se señala que un 44% de las mujeres que no deseaban su embarazo había estado tratando de evitarlo; del mismo modo, en Lavín y col. (1994), esta proporción llegaba al 41% de las mujeres con abortos inducidos.

Factores legales
Otros aspectos señalados por las mujeres que han abortado, han sido problemas legales que se enlazan con los afectos: temor a perder la custodia de los hijos por un embarazo durante el proceso de nulidad matrimonial; dificultades afectivas con la pareja en la misma situación legal (Silva y Salazar, 1994). Entre mujeres con un nivel educacional mediano o alto, y mejores expectativas económicas, el factor afectivo y los proyectos personales son los más relevantes para la decisión (Salazar, Guerrero y Mérida, 1990; Salazar, 1993). Sin embargo, todas las causas que consideramos subjetivas, están sobredeterminadas por la ideología dominante en cada cultura en un cierto momento de la historia.

PROCESO DE DECISION

En el proceso de decisión sobre el destino del embarazo, las mujeres consideran tanto sus razones íntimas para abortar como sus valores morales o religiosos y su situación social y familiar. Los estudios señalan que cuando las causas principales son de orden económico, el aborto es decidido muy rápidamente.

Cuando las razones son de orden afectivo o temor a la sanción social, así como si la causa es una enfermedad de la mujer, problemas legales o alcoholismo de la pareja, la mitad de las mujeres toma de inmediato la decisión y la otra mitad la pospone. Las mujeres con razones afectivas suelen retrasar el aborto, tal vez esperando que la situación difícil se resuelva positivamente (Weisner, 1982). Las mujeres con mayor ambivalencia afectiva ante el embarazo, así como aquellas que se declaran observantes de una religión, retrasan también la decisión, y manifiestan un mayor nivel de angustia (Salazar, 1993).


Decidir un aborto por razones de salud
El proceso de decisión que viven las mujeres que tienen razones de salud para abortar, puede variar en extensión y en sus características, pues ninguna razón de salud se da fuera de un contexto afectivo, de pareja, familiar y social. Así, en algunos casos las mujeres afectadas por enfermedades graves o terminales deciden un aborto con el propósito último de no dejar solos a sus hijos ya nacidos y/o al que estaría por nacer, demostrando una gran preocupación por el bienestar futuro de sus hijos. Similar situación se da cuando la mujer es portadora de VIH o sufre de SIDA.

En casos de inviabilidad fetal, la decisión de un aborto puede ser tomada rápidamente, si sólo la mujer y su pareja saben de su embarazo; o puede ser pospuesta si la familia lo sabe y la mujer o la pareja reciben presiones de parte de personas afectivamente significativas. Cuanto más personas se ven involucradas en el proceso de decisión, se trate o no de un aborto por razones terapéuticas, la demora en decidir parece ser mayor, ya que entran en juego diversas presiones afectivas, variadas dudas sobre el diagnóstico de salud y salidas alternativas. En todos los casos, la mujer requiere contención emocional, y no sugerencias o presiones.

Cuando la mujer ha quedado embarazada a consecuencias de una violación, vive un proceso psicológico muy complejo, pues ha sido víctima de un acto de violencia de género, que la ha afectado en su integridad física y psicológica, alterando su salud. Más aún, la consecuencia de este acto ha sido un embarazo no buscado, el que suele vivirse como un castigo, con rechazo, lo que a menudo se expresa en la decisión de abortar. Muchas mujeres violadas se culpan por no haber tomado algún tipo de precauciones que les hubiera podido evitar –teóricamente, y a veces fantasiosamente- la experiencia de la violación y/o del embarazo. Estos sentimientos de culpa son la consecuencia de la introyección de las responsabilidades y culpabilizaciones históricas que la cultura occidental ha puesto sobre las mujeres, especialmente en relación a la sexualidad. Si se las culpabiliza por decidir un aborto en estas circunstancias, la sociedad da una muestra a todas las mujeres, no sólo a la afectada, de que sus vidas no tienen importancia social ni cultural, y que deben someterse a las decisiones y conductas masculinas, aún si estas son violentas y desquiciadas.

CONSECUENCIAS O EFECTOS PSICOLÓGICOS Y PSICOSOCIALES DE UN ABORTO

En 1955 se publicó un estudio que indicaba –por primera vez en la literatura sobre el tema- que las mujeres no sólo sentían depresión, ansiedad y culpa después de un aborto, sino también alivio (Ekblad, 1955). Desde entonces, es frecuente encontrar en los reportes científicos que las vivencias psicológicas en el período posterior al aborto inducido tienen relación con características de personalidad de la mujer y con las circunstancias en que este evento se produce, reconociéndose la presencia de diferentes reacciones emocionales ante este evento.

En Chile se han efectuado varios estudios indagando en las subjetividades de las mujeres que han abortado[1], relacionando las eventuales consecuencias psicológicas de esta experiencia con el contexto psicosocial y cultural en que sucedieron. En uno de estos estudios se indica que emociones como la tristeza, la rabia, la culpa y la ansiedad eran más frecuentes en quienes habían sentido su decisión había sido tomada bajo la influencia de otras personas o a raíz de ciertas circunstancias externas, como falta de solvencia económica o temor a perder el trabajo, temor a decepcionar a los padres y recibir un fuerte castigo familiar y social, presión de la pareja (Salazar, 1993).

Otros estudios realizados en Chile y en países de América Latina señalan que algunos de los factores más importantes en este período son: la autonomía que tiene la mujer en la decisión de abortar; las contradicciones de la decisión sobre el aborto con los valores morales o religiosos de la mujer (Jiménez, 1981); el tiempo de gestación, la información y seguridad clínica del procedimiento[2], el apoyo emocional que la mujer recibe durante el proceso[3]; y características de personalidad de quien vive la experiencia[4].
[1] Las ya mencionadas investigaciones de Leal y Ortega, Salazar, y Silva y Salazar.
[2] Calandra, D. et al. Aborto, estudio clínico, psicológico, social y jurídico; Ed. Médica Panamericana, B. Aires, 1973
Schmidt R. & Priest, R., The effects of termination of pregnancy: a follow up study of psychiatrics referrals, The Bristish Journal of Medical Psychology, Sept.1981, Vol.54(3), p.267; mencionadas en Salazar, Guerrero y Mérida 1990, y Salazar 1993
[3] Londoño, M.L. Para redimensionar el aborto, presentación en The Cristopher Tietze International Symposium, Rio de Janeiro, 1988; Escobar, M. & Wilches, I. Riesgo psicológico en el aborto. Presentación a la II Reunión Interinstitucional en Salud Reproductiva, Cali, 1987; Schmidt & Priest, p. 274; Aray, Julio Manías tristes, cap. IV, p.105 Monte Avila Editores, Caracas, 1977, Cabrera V. M. Relaciones del equipo humano institucional con pacientes y acompañantes, presentación a la II Reunión Interinstitucional en Salud Reproductiva, Cali, 1987. Todos los autores se encuentran mencionados en Salazar, G., Guerrero, T. y Mérida, ME, 1990
[4] Freeman, Op. Cit./ Aray, en Salazar, Guerrero y Mérida, 1990
A partir de los mencionados estudios, podrían esquematizarse las repercusiones o efectos psicológicos del aborto inducido de la siguiente manera:
Ansiedad: puede ser frecuente y marcada durante el proceso de decisión sobre el embarazo indeseado o inoportuno
Depresión: se presentan a menudo sentimientos de duelo y de pérdida afectiva
Rabia: se manifiesta rabia frecuentemente contra sí misma, por haberse puesto en una situación de riesgo físico, psicológico, laboral y legal
Alivio: relacionado con el haber puesto fin a una situación insostenible y angustiosa

Los factores que se han relacionado en diversos estudios con estos sentimientos y emociones post-aborto son:
. Sentimientos de la mujer ante el embarazo y en relación al embrión
. Motivaciones personales para no continuar con el embarazo
. Autonomía de la mujer para tomar la decisión
. Apoyo recibido durante el proceso de decisión
. Posibilidad de expresar afectos, temores, dudas, contradicciones
. Apoyo emocional que no implique cuestionamientos ni juicios morales
. Información acerca del procedimiento
. Calidad clínica del procedimiento
. Seguridad/Inseguridad legal del procedimiento

El aborto como intervención en el cuerpoPor otra parte, el aborto es una intervención en el cuerpo, que afecta no sólo al útero sino a todo nuestro referente físico, a nuestra masa y volumen, a aquello que somos, a ese cuerpo que cada quien ve reflejado a diario en el espejo y que es nuestra identidad. Afecta también a la imagen que tenemos de nosotras mismas, a la historia psicológica, a la cronología de nuestras vidas, al sentido que le damos a cada experiencia.

El aborto decidido en forma voluntaria
Los estudios señalan que las mujeres que decidieron abortar y que reconocieron como suya esta decisión, expresaban haber sentido alivio luego del aborto (junto con pena por lo sucedido y a menudo con rabia contra sí mismas por haberse puesto en esa situación) al mismo tiempo que vivían un período más corto de duelo. Las mujeres que pudieron reflexionar y elaborar psicológicamente la experiencia del aborto, fueron aquellas que habían decidido el aborto por sí mismas, apoyadas por su pareja o por una persona muy cercana con quien compartieron dudas, emociones y temores; y quienes además fueron bien atendidas en cuanto a procedimientos clínicos, seguridad, calidad de atención e información (Salazar, 1993).

Factores que hacen riesgoso el aborto
Legislación
Los estudios realizados desde la psicología, la antropología y la sociología nos muestran que la legislación vigente en cada sociedad en relación al aborto se constituye en un factor de gran importancia en la manera cómo éstos se realizan y también en cómo son vivenciados por las mujeres. La legislación vigente determina también las políticas públicas de salud, de las que dependen “los tipos de oferta de servicios de aborto disponibles en un lugar dado, así como los efectos que ambas cosas tengan sobre la salud de las mujeres”[1].

ReligiónLa religión que cada persona observa impone algunas normativas sobre sus conductas en ese ámbito. De acuerdo a la información que nos ofrece el Censo 2002, se puede señalar que la mayor parte de las mujeres que aborta en Chile se encuentra en alguna situación de contradicción entre sus normas religiosas y su decisión. Esto se resuelve a veces descalificando las normas; pero si esto no es posible, las mujeres retrasan la decisión, aumentando los riesgos clínicos de ésta.

Pobreza
Las mujeres más desfavorecidas económicamente son quienes viven las consecuencias más negativas, ya que sus medios económicos sólo les permiten acceder a proveedores de servicios inseguros, lo que las expone a sufrir la penalización por el aborto. Si además son creyentes, las contradicciones las llevan a retrasar la decisión, haciéndose más riesgosa la intervención.
Curiosamente, la clandestinidad del aborto ofrece protección a quienes realizan estas prácticas sin responsabilizarse de su labor clínica y desprotege a las mujeres, quienes no pueden sentirse seguras de la atención que reciben. Esta situación produce en las mujeres miedo, rabia, impotencia, se sienten víctimas de discriminación. Habitualmente, por el proceso de socialización de las mujeres, esa rabia se dirige hacia sí mismas en vez de ir hacia los causantes de la situación; así se culpabiliza por lo vivido, con lo que aumenta el riesgo de no elaborar adecuadamente la experiencia, lo que redundaría en mantener una conducta sexual y reproductiva insegura (Salazar, 1993).

ATENCION A MUJERES QUE HAN VIVIDO LA EXPERIENCIA DEL ABORTO

Naturalmente que la situación ideal de atención en salud psicológica consiste en ofrecer asesoría a las mujeres –y sus parejas, si ellas lo desean- antes de que decidan el aborto; entregando contención emocional en un espacio seguro, para que tomen la decisión sobre el embarazo de la mejor manera posible. Si eso no es posible, como sucede en Chile debido a la legislación sancionadora de todo aborto, sería posible trabajar en el período del post aborto.

La atención a las mujeres que han vivido un aborto es una oportunidad de elaboración y resignificación de la experiencia, que puede contribuir a ubicarla en el contexto histórico personal y familiar en que ocurrió. Asimismo, puede facilitar la prevención de nuevos embarazos no planificados, y de nuevos abortos, incluso en los casos de abortos por razones de salud. Para favorecer la prevención de una nueva experiencia de ese tipo, es necesario contar con un clima de respeto por la historia y las vivencias de la persona afectada, ofreciendo aceptación y contención emocional, así como una derivación personalizada hacia un centro de salud adecuado.

Como ya se ha señalado en otros trabajos “…el aborto -como acto real o en el imaginario colectivo- reúne en sí la vida, la sexualidad y la muerte. Pretender aproximarnos sinceramente a este fenómeno requiere realizar una reflexión previa acerca del significado particular y profundo que tiene para cada uno de nosotros” (Salazar, 2004).

¿ABORTO POR RAZONES DE SALUD O ABORTO TERAPÉUTICO?

Se hable de aborto terapéutico o aborto por razones de salud, Chile necesita una legislación que lo permita, pues las razones por las que este procedimiento se puede requerir son muchas, y ninguna mujer en edad reproductiva está libre de necesitarlo en algún momento. El aborto terapéutico o por razones de salud debe ser, igual que cualquier otra intervención similar, una elección libre y voluntaria de la mujer afectada.

Suele restringirse el concepto de aborto terapéutico a aquellas intervenciones que se llevan a cabo para que la mujer que vive un embarazo pueda conservar su salud o su vida. Mi impresión es que el concepto más amplio de “aborto por razones de salud”, facilita la inclusión de diversas situaciones, ya que está más de acuerdo con el concepto de salud de la Declaración de Alma Ata, el que incluye –más allá de los aspectos fisiológicos- a los aspectos psicológicos y psicosociales, considerándolos indispensables para determinar la calidad de la vida humana.

Este concepto podría incluir al aborto en caso de embarazo de feto no viable o portador de una enfermedad grave, el embarazo por violación o incesto, así como el aborto en caso de que la mujer sea portadora de VIH, o sufra de una enfermedad grave; e incluso podrían incluirse los casos de patologías psiquiátricas que impidieran a la mujer la crianza de un eventual hijo/a.
CONCLUSIONES

Hasta ahora no disponemos de investigaciones que hayan indagado en los factores psicológicos y psicosociales implicados en los abortos por razones de salud, razones que a menudo se consideran más válidas que las demás. Si así fuera, seguramente habría menos abortos que los que actualmente –y con imprecisión- podemos contabilizar, pues habría más abortos por razones de salud que por motivos económicos o por abandono de la pareja. Pero no es así. Con certeza podemos señalar, a partir de los estudios revisados, que las razones de salud y las motivaciones de índole afectiva o económica fueron igualmente válidas para las mujeres que decidieron abortar.

Por ello, es posible considerar que la situación en que se viven los abortos por razones de salud pueden ser en muchos aspectos similares a aquellas en que se viven los abortos decididos por diferentes motivaciones, toda vez que son igualmente clandestinos y que se llevan a cabo en las mismas condiciones de inseguridad y con similar riesgo de sanción legal. Sin duda que cada caso tiene particulares características, dadas por la situación familiar, la historia y la personalidad de la mujer.

Ahora bien, en los abortos que se han solicitado en los últimos años en Chile aduciendo razones de salud, hay situaciones diferentes a los otros abortos: muchas veces se trata de embarazos aceptados o incluso planificados que tienen un pronóstico médico negativo, como un feto inviable. Esto modifica la vivencia personal y familiar sobre el embarazo, pues a menudo no ha sido diagnosticado o el diagnóstico comunicado a la mujer, sino hasta que el embarazo ya está avanzado. Se produce entonces un proceso de modificación afectiva respecto del futuro del embarazo, que ya se sabe no culminará en el esperado recién nacido, significado ya como hijo, hermano y nieto. Las reacciones de las mujeres ante esta situación son muy diversas y dependen de sus propias circunstancias así como de la significación que hayan otorgado al embarazo, requiriendo más o menos tiempo y trabajo psicológico para aceptar o al menos sobrellevar la nueva situación.
Sabemos que en Chile se ha hecho muy difícil avanzar en el camino de la reposición del aborto terapéutico, y que a menudo se aduce que los avances médicos y tecnológicos no hacen necesaria una legislación permisiva. No es así la realidad de las mujeres chilenas: aún hoy hay embarazos de fetos cuya condición es incompatible con la vida extrauterina; aún hoy existen enfermedades que no se pueden tratar en la mujer sin dar previamente término al embarazo; hay mujeres portadoras de VIH o afectadas por el SIDA o por alguna enfermedad grave que no quieren dejar huérfanos a los hijos que ya están criando…

Esto nos lleva a la reflexión de que cada embarazo no planificado o no deseado –por cualquier motivo- es un asunto importantísimo para la mujer que lo vive, y que es sólo ella quién está en condiciones de dimensionar la gravedad de su situación personal y familiar, y evaluar la validez de las motivaciones para abortar.

Dadas las condiciones en que los abortos se realizan en Chile, especialmente entre las mujeres más pobres y con menor educación, es necesario reconocer que cualquiera sean sus razones, deben ser muy poderosas para correr tantos riesgos físicos y legales al abortar. El aborto se constituye –para muchas mujeres, especialmente las que viven en la pobreza o en condiciones inseguras- en una alternativa desesperada para evitarles a sus hijos una vida de sufrimientos.

Así lo señalan Faúndez y Barzelatto (2005) cuando escriben “… En todas las situaciones antes mencionadas, la razón para impedir el nacimiento de un hijo, lejos de ser egoísta, es la muestra de un sentido de responsabilidad, de no aceptar que el niño nazca en un medio poco propicio para su desarrollo saludable”.
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